Museo Numantino de Soria. La necrópolis hebrea que se encuentra en el Cerro de los Judíos, al este de la población de Deza, fue excavada por Blas Taracena en 1930 aunque no en su totalidad. Como es habitual en este tipo de necrópolis, separada de los cementerios cristiano y musulmán, se situaba elevada sobre el terreno circundante y desde el barrio judío o aljama sería visible. Tiene una orientación este- oeste. Las fosas eran individuales, de forma trapezoidal, sin revestimiento de piedra en los lados o sobre ellas. Se hallaron entre 1 y 2 metros de profundidad.

Las tumbas se orientaron norte-sur aunque lo más frecuente era disponer la cabeza al oeste y los pies al este de modo que, al alzarse en el momento de la resurrección, lo hicieran mirando hacia Jerusalén. De las 66 tumbas halladas tenemos referencias de 57: 36 eran adultos, 8 jóvenes y 13 niños. Todos ellos fueron depositados en posición decúbito supino; la mayoría tenía los brazos colocados a lo largo del cuerpo y las piernas estiradas como es lo habitual; sin embargo, como excepción a las normas, algunos tenían el brazo semiflexionado o ambos brazos flexionados sobre el estómago.

Taracena sospechó que debieron de estar colocados sobre tablas o parihuelas o sencillos ataúdes. Entre los objetos recuperados, B. Taracena halló un número muy elevado de clavos, entre 5 y 37 por tumba. Jorge Casanovas y Odile Ripoll reestudiaron y catalogaron alrededor de 600 clavos de hierro de tres tipos: los que tenían cabeza de tachuela, escarpias y saetas. Por la posición en la que aparecieron colocados los dos primeros tipos en los cadáveres, Taracena interpretó que se utilizaron para clavar los cuerpos a la tabla inferior o parihuela: los clavos aparecieron en las articulaciones y partes blandas del cuerpo como si formaran parte de un ritual que asegurara la inmovilidad del cadáver. Ello resulta extraño a los preceptos hebraicos que establecen un estricto respeto al cuerpo y su purificación, lo que siempre ha suscitado polémica entre los investigadores. Su estudio debería abordarse, entonces, buscando las razones de la excepcionalidad de este comportamiento.

Acerca de la necrópolis medieval judía de Deza. Es cierto que Taracena aportó algunos ejemplos de necrópolis en donde se habían observado costumbres similares y que se circunscribían a un área entre el sur de Soria y el norte de Guadalajara, ejemplos que no han podido comprobarse con certeza y a los que se atribuía un origen antiguo con gran perduración.

Las saetas, clavo de dos extremos funcionales, aparecieron en ocasiones con madera adherida lo que aseguraba que sirvieron para el ensamblaje de las parihuelas para el transporte y posterior colocación en la fosa.

Las necrópolis judías no son aún bien conocidas desde la historia de las religiones y si desde la arqueología y esto más recientemente: se desconocen aún las variantes rituales que pudieran haber sido zonales o culturales dentro de las comunidades judías. Sí existe y ha sido estudiada importante documentación histórica acerca de las poblaciones judías de Ágreda, Soria, ambas aljamas muy importantes, de Medinaceli, Berlanga de Duero…

El conocimiento de los aspectos religiosos y rituales es de particular importancia en el estudio de las sociedades ya que tanto los rituales funerarios como los de duelo hacen visibles la expresión simbólica de los sentimientos y pensamientos. Más aún, los rituales se definen como conductas establecidas con gran precisión para su desarrollo, con gran cantidad de detalles, altamente estereotipadas y repetitivas, que pretenden el control sobre uno mismo y sobre el contexto, y que psicológicamente, buscan calmar el sentimiento de incertidumbre y dolor que puede causar la muerte de un miembro de la comunidad, inmediatamente antes de producirse y una vez ocurrida. Los judíos sentían, comunitariamente, de modo profundo, la pérdida de uno de los suyos como una mutilación social. El duelo estaba también estrictamente normalizado.

Formando parte de la indumentaria con que se enterraron, se recuperaron diversos adornos: anillos en plata o bronce decorados con inscripción, motivos vegetales o con inclusión de pasta vítrea, cuentas de collar de azabache y hueso, adornos de plata elaborados con técnica de filigrana, colgantes y alfileres de bronce. Ello indica que fueron enterrados no envueltos en un sencillo sudario sino con ropajes y los adornos de uso cotidiano.

Dos dineros de vellón de Enrique II Trastámara, que se fechan entre 1369 y 1379, podrían corresponder a una fase ya tardía de uso de la necrópolis en una cronología, el s. XIV, que se acepta como un periodo de expansión de estas comunidades judías frente al s. XV en donde los conflictos interreligiosos se hicieron más frecuentes hasta acabar son la expulsión de las comunidades judías en 1492. Dada la importancia de la comunidad judía de Deza y pese a que no se excavó la totalidad de la necrópolis, puede aceptarse como posibilidad que existiera más de una necrópolis.

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Del 27 abril al 31 mayo de 2020

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