Museo de Valladolid. Nacido en Asís, en 1182, san Francisco fue hijo de un rico comerciante de paños. Siendo joven renunció a la herencia familiar y fundó una orden mendicante que, por humildad, llamó de los Hermanos Menores. De ella derivó la orden femenina de las Clarisas, fundada por santa Clara de Asís, y la llamada Tercera Orden, para hermanos seglares. Canonizado por Gregorio IX a los dos años de su muerte, en 1228, sus seguidores se extendieron por todo el mundo, superando en número y popularidad a los de otras órdenes religiosas.

Según la narración de Tomás de Celano, su biógrafo, un rico noble italiano -llamado Orlando de Chiusi- regaló al santo un lugar solitario y boscoso para su retiro y el de sus compañeros: el monte Alverna, en Toscana, donde preparó un eremitorio con oratorio y celdas para ellos. Acudió allí Francisco desde Asís con tres de sus compañeros a guardar la cuaresma de San Miguel Arcángel y buscó para sí un sitio apartado donde orar en soledad. Llegado el día de la festividad de la exaltación de la Santa Cruz, el 14 de septiembre de 1224, se le apareció Jesucristo, en forma de un hombre crucificado, con seis alas como un serafín, que le infundió las marcas de sus heridas en manos, pies y costado.

La tabla muestra a san Francisco recibiendo los estigmas tal y como se narra en la tradición, procurando reflejar ésta con fidelidad incluso en los elementos del entorno en que aconteció el suceso. En segundo plano aparece, durmiendo, fray León, el compañero más célebre y querido de san Francisco, único testigo, que, además, era su confesor y secretario. Se apoya en una gran piedra que posiblemente quiera representar la que san Francisco mandó lavar a su amigo con agua y vino, y ungir con aceite y perfumes, por ser, según el santo, en la que se sentó el Señor cuando se le apareció. Unos árboles convencionales representarían el paisaje boscoso del lugar.

El santo hinca su rodilla derecha en el suelo, abre los brazos y las manos para mostrar las llagas de sus palmas, y mira fijamente al serafín. Rodea su cabeza un nimbo de finos rayos dorados. Viste sayal con capucho, ajustado a la cintura por cordón de nudos, significando los votos de pobreza, castidad y obediencia que son las tres virtudes franciscanas. El color gris obedece a lo establecido para la Orden hasta mediados de siglo XVIII, queriendo representar en él los colores blanco y negro mezclados, simbólicos de la materia humana: la ceniza y el polvo, según gustaba decir a san Francisco.

El pintor vallisoletano Antonio Vázquez nació 1485 y murió después de 1560. Es reconocido como el más famoso y de más extensa producción en la ciudad en el segundo cuarto del siglo XVI. Su estilo apenas evolucionó a lo largo de su vida, manteniéndose en la tradición del gótico tardío influido por el arte flamenco, lo que viene a demostrar el gusto y la demanda la sociedad local de su tiempo. Su gran actividad hace suponer que contara con un taller de colaboradores plenamente fieles a su estilo, entre los que trabajaría su hijo Jerónimo Vázquez, también pintor.

Se desconoce la procedencia de esta tabla que, junto con otras cuatro, también de Antonio Vázquez, que se exponen en la sala XII del Museo, hubo de pertenecer a un retablo de lugar desconocido, cuyos donantes estarían retratados en las tablas que representan La misa de San Gregorio y a Santa Úrsula y sus compañeras mártires.

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Del 20 mayo al 20 junio de 2020

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Dirección

Museo de Valladolid - Plaza de Fabio Nelli, s/n. Municipio de Valladolid. 47003 Valladolid.