En medio de la espeta cerealista zamorana, como un oasis rompiendo la sobriedad del paisaje infinito, un complejo lagunar salino de más de treinta mil hectáreas es testigo de los movimientos migratorios de miles de aves entre Europa y África, así como el hogar de la mayor colonia de avutardas del continente.

En este escenario, donde los atardeceres y amaneceres tienen connotaciones mágicas, es también uno de los principales reductos peninsulares del simpático cernícalo primilla.

Las aguas salinas, que otrora fueron objeto de disputas medievales entre monjes y nobles, son el medio ideal para un vasto muestrario de invertebrados, aunque el genuino estallido de color y de sonidos lo ponen las aves acuáticas que constituyen más de la mitad de las censadas en Castilla y León. Contemplar la superficie plateada del agua, de pronto rota por grupos de multicolores llenos de vida, es un espectáculo único.